Este es un dilema que ha acompañado al ser humano desde que tiene consciencia de sí mismo. Tomar decisiones basados estrictamente en un análisis lógico y frío de la situación a resolver es un extremo de las posibles respuestas a la interrogante. En el lado opuesto tenemos una vida que da rienda suelta a las pasiones, a los sentimientos y que incentiva la toma de decisiones espontánea y “al son del momento.” Ambas vías ofrecen grandes satisfacciones y decepciones al mismo tiempo. Una vida regida por las leyes de lo que se considera “lógico” y “cuerdo” normalmente ofrece resultados predecibles y hasta cierto punto “seguros”, nos reafirman en nuestra zona de confort. Pero también es cierto que no todas las decisiones basadas en la lógica nos dan una sensación de felicidad y alegría.

Por otro lado, es probable que todos conozcamos a personas que se rigen por instintos y pasiones sin medir los peligros. Un típico ejemplo es aquella persona que se entrega sin reservas a una relación romántica desde el primer día y que constantemente vive sufriendo decepciones amorosas al no encontrar la misma respuesta en la otra persona. Parece entonces que ninguna de las dos vías extremas ofrece una respuesta satisfactoria, al menos no una que nos guíe hacia una felicidad “sostenible”. La clave se encuentra en reconocer que somos seres integrales, que razón y pasión son dos hermanas gemelas que no sólo se complementan, sino que también se nutren la una de la otra.

Una imagen de la naturaleza nos ayuda a comprender el balance que se debe perseguir. Imaginemos un río cuyos linderos de repente se desdibujan. Al principio el agua va a seguir la dirección que traía, pero poco a poco va a tomar velocidad y a desbordarse, causando daño y destrucción a su paso hasta un punto donde parece incontrolable. La naturaleza nos enseña entonces que esos linderos son necesarios para encauzar el agua y que así la velocidad y la fuerza de ese elemento vital no cause destrucción, sino que lleve vida y un rumbo con propósito.

Debemos entonces aprender a reconocer los riesgos de nuestra propia “corriente”, no para excluir la pasión de nuestras vidas sino para darle una dirección positiva. Como el río, habrá momentos donde el cauce no requiera orillas tan claras, pero también hay partes del trayecto donde incluso las piedras colaboran para que no se termine en caos. Un ejemplo claro es la adolescencia y temprana juventud, que trae consigo un gran río de energía física y el florecer de valores y principios que fueron inculcados en años anteriores. Esa energía vital, vigorosa y poderosa debe encauzarse para que genere impactos positivos tanto en el adolescente como en su entorno. Mal encauzada, esa corriente puede manifestarse en acciones oscuras y destructivas o servir a fines poco honestos.

¿Cuál es mi propensión natural al tomar decisiones? ¿Suelo reaccionar por lógica o por pasión? Es importante conocerse a uno mismo para luego hacer una evaluación objetiva de los riesgos de nuestro perfil. Así entonces podemos definir de mejor forma qué tipo de situaciones van a guiarse por razones lógicas y en cuáles nos vamos a permitir derrochar la copa de la pasión.

“El corazón tiene razones que la razón ignora.”

Blaise Pascal.

Autor: Cristian Arrieta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Necesitas ayuda?