Una creencia generalizada cuando hablamos de emociones es que el ámbito de los sentimientos pertenece casi exclusivamente a las mujeres y que la naturaleza femenina es la más apta para interactuar en situaciones donde las emociones son el plato fuerte de la conversación. Esa creencia tiene parte de verdad y parte de mito. Vamos a mencionar dos ángulos desde los cuales podemos intuir una respuesta a la pregunta inicial: el aspecto meramente biológico / genético y el factor social.

Biología: varios estudios neurológicos coinciden en que la constitución física y hormonal del cerebro es diferente en hombres y mujeres. Por ejemplo, el cerebro femenino contiene una cantidad mayor de conexiones entre el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho que el cerebro masculino promedio. Esto provoca que el cerebro femenino contenga más fibras en las zonas que procesan las emociones. Incluso estudios con niños demuestran que las niñas aprenden a leer los rostros y a tener comunicación emocional mucho más temprano que los varones.

Los datos científicos sugieren entonces que las mujeres están biológicamente mejor preparadas que los hombres para crear relaciones armoniosas basadas en la empatía. El cerebro masculino, por su lado, ha desarrollado mapas neuronales que lo preparan mejor en el ámbito espacial y para manejar peligros concretos. Por ejemplo, en algunos estudios donde se les suministran a hombres y mujeres las mismas imágenes de violencia y agresión, el cerebro masculino activa ciertas zonas que lo preparan para pensar “en frío” y buscar una respuesta rápida, mientras que en las mujeres normalmente se elevan los niveles de estrés sin una respuesta clara tan rápida como en los hombres.

Sociología: el otro gran componente es el aprendido, el que no viene “de paquete”. El ambiente en el que nos desarrollamos, los paradigmas familiares, las tendencias culturales y un sinnúmero de mensajes inconscientes que la sociedad nos envía desde que nacemos poco a poco condicionan nuestro comportamiento y la forma en que reaccionamos a las situaciones de la vida.

Si en una familia se le “permite” a las niñas llorar libremente y expresar sus sentimientos, pero a los niños se les reprime esa necesidad bajo la creencia de que los varones están llamados a ser los “fuertes” del mundo, entonces esos varoncitos van a crecer pensando que deben reprimir sus emociones y no mostrarlas al mundo. No debería extrañar entonces que, a la vuelta de veinte años, ese niño – que ahora es todo un hombre – tenga dificultades para conectar emocionalmente con sus compañeros o incluso parejas, pues la represión emocional ha sido tan fuerte y sostenida a través del tiempo, que él no sabe distinguir las diferentes emociones que experimenta y, por lo tanto, tampoco sabe de las que carece.

La buena noticia

El grado en que el aspecto biológico y el paradigma social afectan nuestras respuestas emocionales sigue siendo una incógnita y probablemente varíe de una persona a otra. Lo que sí sabemos es que el cerebro es un órgano tan maravilloso que puede adaptarse para responder de forma diferente a la que normalmente sería una reacción natural a determinados estímulos.

La “neuroplasticidad” es la capacidad que tiene el cerebro para adaptarse y cambiar físicamente como resultado del cambio de hábitos. Si una persona está acostumbrada a enojarse con los empleados de una tienda cuando no encuentra la ropa que desea, esa será su respuesta automática hasta que decida hacer una pausa en el momento e intencionalmente pensar que el empleado no tiene la culpa de que no encuentre lo que busca. Poco a poco el cerebro irá “construyendo” una nueva respuesta y llegará el día en que la respuesta comprensiva reemplace el enojo que antes sentía en esos momentos. El cerebro ha cambiado su composición y ahora envía mensajes diferentes al resto del cuerpo.

Podemos concluir entonces que, si bien las mujeres tienen ciertos condicionamientos biológicos que las prepara mejor para entender el mundo emocional, existe también un factor social que ejerce enorme influencia sobre el entendimiento de las emociones propias y ajenas. Está en cada uno de nosotros aprovechar la información de que disponemos y propiciar entornos donde aprendamos a leer los sentimientos y ofrecer respuestas constructivas.

No por qué sino para qué

No cómo sino para qué

No con quién sino para qué

 “El camino de la felicidad”, Jorge Bucay

Autor: Cristian Arrieta

Bibliografía consultada

Néstor Braidot, “Sácale partido a tu cerebro”

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